En este día:
108. Una enseñanza que les quiero dar

108. Una enseñanza que les quiero dar
Dice Jesús:
El día de hoy les quiero regalar, porque es un regalo, una enseñanza.
Tomado del Evangelio como me ha sido Revelado de María Valtorta, Capítulo 185.
Presten atención:
“…
La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.
Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y le menea vigorosamente.
Jesús se despierta y levanta la cabeza.
<<¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!” grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.
Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca, contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento: <<¡Detente y calla!>>, y al agua: <<¡Cálmate. Lo quiero!>>
Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.
No puedo escribir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.
Jesús dice luego:
<<No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.
¿Por qué dormía Yo?¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo solo lo sabía. ¿Y entonces, ¿por qué dormía?
Los apóstoles eran hombres, María [Valtorta]; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.
Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de hacer nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.
María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos –a ellos que tan duchos eran– me puse a dormir… y a constatar como el hombre “es hombre” y quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer “actuar por sí solos”, teniéndome a Mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.”
¿Les ha gustado Mi regalo?¿No se sienten identificados con Mis palabras? Ahora les dejo otra enseñanza para terminar.
“Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.
Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia –y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda– con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.
Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: “¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.
Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del bien –que en realidad es un don mío– y no os volveríais a acordar jamás de Mí, jamás.
Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia –causa de tantos errores– y de vuestra maldad –causa de tantos lutos y dolores–, de vuestras culpas –causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis– y de Mi existencia, potencia y bondad.
Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos míos, Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré>>.”
A cuántas preguntas he dado respuesta hoy. A cuántas preguntas en tan pocas palabras. Ahora descansen hijos, los amo y los bendigo.